Los lunes son una cagada. Una real cagada. Es el día hábil más lejano al viernes. O al menos el día más alejado en que sabés que deberías hacer algo útil, pero no podés ver la hora que se termine la semana. Sin embago, tienen algo hermoso. Es el único día donde se logró armar un picadito fijo. Es ese evento que uno espera los otros seis días de la semana. Poder correr y mover la pelota, hacer pases, patear al arco. Era lo más cercano al éxtasis que se podía pedir en ese pueblito cuasi estudiantil, diez kilómetros al sur de Paraná. Entonces, corrijo, los lunes serían una real cagada. Si no fuera por el fútbol.
La facultad, a pesar de ser el primer día de la semana, ya le tenía las pelotas llenas. Ariel, entre clase y clase se mentalizaba para el partidito de la noche.
- Che, Turco, ¿vos jugás hoy? – preguntó por lo bajo, mientras un profesor hablaba de cualquier otra cosa, probablemente más aprovechable para la vida, pero seguramente menos interesante.
- Sí, no hay problema, yo juego. – confirmó el Turco.
-Bueno, entonces le aviso a Gerbaudo a ver quienes más van. A ver si por fin les rompemos el culo a esos forros. – dijo con bronca.
“Esos forros” eran ese compiladito que había armado ese pibe alto, con el que Ariel cursó una materia el cuatrimestre anterior. Faltara el que faltara, “esos forros” se las ingeniaban para traer algún refuerzo digno de, por lo menos, la reserva de algún club de la B nacional.
-Hoy los hacemos mierda a esos forros – murmuraba por lo bajo Ariel, mientras se imaginaba como le tiraba un caño al petiso habilidoso que siempre iba con la camiseta de San Lorenzo.
Ya llegada la noche, los dos equipos se cambiaron para presentarse en la canchita del Club Oro Verde, que, más que canchita, era un tinglado mal iluminado con un piso que, pareciera que lo lustraran antes de los partidos para que alguno que otro se comiera un tortazo. Cada uno llegó por su cuenta, pero ninguno cayó tarde. Como siempre, tuvieron que esperar a que los tipos del turno anterior terminaran de jugar.
-¡Que golazo que clavó ese! – comentó el Pollo, que no había ido a jugar, sino más bien a darle apoyo moral al equipo.
- ¿Cuál deziz? – preguntó Gerbaudo, distraídamente mientras se calzaba los botines.
- El de musculosa blanca. – le contestó Pollo.
Así las conversaciones se fabricaban. Todos tratando de lucir relajados, confiados, cosa que “esos forros” se creyeran que esta vez las cosas no les iban a salir tan bien. Mientras tanto, llegó el pibe que les alquilaba la cancha, y cada uno tuvo que desenfundar sus dos con cincuenta, dineral que les cobraba por usar la canchita/tinglado. Dani se hizo el boludo y se fue a patear al arco, para calentar.
-¡Eh, Dani! ¡Vení y no seas rata! Paga los dos pesos de mierda, no me hagas quedar mal. – le gritó Ariel.
- ¡Ahí voy, boludo! – contestó Dani mientras tiraba un pelotazo para cualquier lado.
Cuando estuvo todo listo, se pararon los dos equipos, como siempre, como si fuera una final. Se escuchó que alguno dijo “pongamos huevo, eh?” pero nadie le dio mucha pelota. Con un toque para atrás, el Turco se la dio a Maxi para que otro de los picaditos de lunes se pusiera en marcha. Al principio iba tranquila la cosa, algún pase medio flojo, algún intento al arco, pero nada que asustara para ninguno de los lados. Pero cuando pasaron unos cuatro minutos de partido, el tipo feo del otro equipo metió un pelotazo que casi lo clava a Gerbaudo con pelota y todo adentro del arco.
- No pasa nada, no pasa nada, más seguros los pases – tranquilizaba Ariel. Pero como siempre, cuando él decía algo, a los demás les rompía las pelotas. “Hoy quiero jugar de callado”, pensó. Las pelotas jugar de callado, si dos minutos después del primer gol el petiso habilidoso hizo una jugada de pura gambeta para dejar plantada a la defensa, y marcar el segundo.
- ¿¡Pero quién mierda está marcando ahí!? ¿No quedamos en que quedaban dos fijos abajo? ¡La puta madre! – se desgañitaba Ariel, jugándo “de callado”.
El partido siguió como los otros lunes, pelota que sacaban los del equipo, pelota que “esos forros” recuperaban. La moral estaba por el suelo, y el marcador en un cinco a cero tranquilo. “Esos forros” empezaban a ponerse más soberbios. Nada que objetarles, tenían con qué. Mientras, en un par de situaciones de descuento, entre el cansancio y la falta neta de habilidad, Ariel se comió dos situaciones claras abajo del arco. El Turco lo cagó a pedos. Merecidismo, sin chistar. De vez en cuando, desde el fondo de la cancha se escuchaba un “¡Buena, Leo!” ó “¡Bien, nene!” por parte del Pollo, que, sin haber tocado una sola pelota en toda la noche, irradiaba un aura de calidad. El partido seguía su curso natural, y Ariel estaba cada vez más caliente. Bueno, todos estaban cada vez más calientes, pero él no lo disimulaba. Ya falto de ideas, apuntó a aprovecharse de sus ochenta y cinco kilos bien distribuidos para hacer volar a alguno de “esos forros”. En especial al petiso habilidoso, o al alto feo. Ese que era ayudante de una materia de la facultad, y que cuando estaban en clase se hacía el buenito. Pedazo de sorete resultó. Se la pasaba cantando faltas, y quejándose. Pero si le cobraban algo en contra te armaba un escándalo. Y aún así tiraba patadas a diestra y siniestra. Una de esas aterrizó en un pie, y alguien le cantó la falta.
-Pero si toqué antes la pelota… por favor... – se quejaba el alto feo, mientras se agarraba las manos y sonreía sardónicamente.
-Este lo hago yo – le dijo Ariel a Maxi, para que se hiciera a un lado y le deje el tiro libre. El feo alto y un gordito que nunca había jugado antes se pusieron en la barrera. Era justo lo que esperaba. Sin levantar la cabeza para ver si alguno de sus compañeros se desmarcaba, le pegó a la pelota como le pegan algunos jugadores con clase para picársela al arquero si lo ven adelantado. Pero no era esta la intención. La pelota fue a dar en la boca del estomago del feo alto, y se tiró al piso como un globo desinflado buscando aire de donde pudiera sacarlo.
-Perdoname, loco. – dijo Ariel con fingida tristeza y le palmeó la espalda al feo alto que ya se había logrado poner en cuclillas. Luego se volteó para mostrarle todos los dientes en una sonrisa gigante y maléfica al Pollo, que se reía por las bajezas de algunos a la hora de jugar a la pelota.
Llegó el final del partido cuando entró el pibe que les alquilaba la cancha y pegó un chiflido, como de costumbre. Terminó como ocho o nueve a uno, ya nadie llevaba la cuenta. Hacía mucho que no les podían ganar a “esos forros”. El descuento lo había logrado Ariel, cuando recuperó un mal pase del otro arquero, y la puso contra un palo. Generalmente, si hacía un gol, el partido no había sido tan malo. Pero esta vez los habían pasado por encima. El enojo de algunos se dejó ver cuando después de los saludos desganados, salieron disparados para su casa. Otros, que se lo tomaron más relajados, se quedaron haciendo unos tiros al aro de básquet, mientras los pocos que no habían desaparecido, miraban desde un costado.
-Uno espera toda la semana para esto. Para que estos hijos de puta nos rompan el culo, - se quejaba Ariel, mientras observaba un penoso intento del Dani de meterla en el aro – la reputa madre que los remil puta parió. Me cago en el fútbol. Al final, resultó ser otro lunes de mierda.
Y se fue a casa.
Ari.blogger